Un interesante recorrido, marcado por la espiritualidad, es el de los cenáculos (cuadros de la Última Cena). Este tema, durante todo el siglo XIV, se representó en todos los grandes ciclos de los frescos sobre la vida y la pasión de Cristo. Durante el siglo XV, con la perspectiva, la Última Cena terminó por representarse como escena autónoma. Un ejemplo magnífico es la Última Cena de Andrea Del Castagno en “Sant’Apollonia”, con una luminosidad manierista y una penetración psicológica que hace que las imágenes resulten grandes, majestuosas y de gracia infinita.
“Cuando llegó la noche, se sentó a la mesa con los doce y, mientras comían, dijo: ‘De cierto os digo, que uno de vosotros me va a entregar’. Y entristecidos en gran manera, comenzó cada uno de ellos a decirle: ‘¿Soy yo, Señor?’ Entonces él respondiendo, dijo: ‘El que mete la mano conmigo en el plato, ése me va a entregar’. A la verdad el Hijo del Hombre va, según está escrito de él, mas ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del Hombre es entregado! Bueno le fuera a ese hombre no haber nacido.” (Mateo, XXVI, 21-24). En cuanto dijo la trágica verdad, todos los apóstoles se preguntaron con concitación quién era de ellos el traidor. La Última Cena, con su dramático “clima”, precede la Institución de la Eucaristía y el Sacrifico en la Cruz. Este momento religioso resultaba muy adecuado para decorar los refectorios de los conventos, sobre todo en Florencia.|
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